Yo fui a caminar a la playa, en ella había surfistas y un grupo de señoras haciendo zumba en la playa. A lo lejos, para completar el espectáculo, cruzaban algunos barcos.
Recogimos el campamento, yo desayuné una avena con que preparé con una poca de agua caliente que me regaló un compañero, pues no he comprado el botecito de gas para mí estufita portátil.
Nos despedimos del «CaraEMango» nuestro anfitrión en la Surf House. Nos tomamos una foto con un vendedor de mariscos nos pidió para promocionar su puesto de carrito.
Luego fuimos al taller de bicicletas para hacer los últimos ajustes de los detalles que salieron estos días, pues de aquí en adelante será bastante difícil, sino que imposible, encontrar talleres y refacciones. A mí sólo me calibraron los cambios que seguramente se desajustaron con el ajetreo del avión.
Después del taller nos fuimos a la vuelta a un carrito de la esquina a comer los famosísimos tacos de pescado. Son deliciosos, esquisitos, solo me comí tres, pues ando cuidando mi estómago.
Ahí les avisé que iría a comprar el botecito de gas para mí estufita y me fui en mi bici a cuatro cuadras a comprarlo, había cola y me tarde un poco, cuando regresé ya no estaban. Sin problema, por mensajes me indicaron el luentobde destino, y como el grupo andaba diseminado haciendo compras y otros preparativos, decidí enfilarme hacia el puento de destino, crucé la ciudad, primero por una bella y comida ciclovía y después sobre la avenida que conforma la carretera número uno, donde el tráfico era muy pesado y había que ir muy atento.
Unos 20 kilómetros adelanté, me desvíe hacia la izquierda por un camino de terracería por el cual había que recorrer 19 kilómetros para llegar al Rancho San Carlos.
Al único del camino había campos de cultivo y vi que cargaban una camioneta de rábanos. Más adelante había minas de graba y el panorama cambiaba a montañas rocosas, secas y con apenas atisbos de vegetación. En algunos lugares las rocosas y secas montañas a los lados del camino hacían contraste pues enmedio de la cañada por dónde corre el camino que iba yo recorriendo hay un riachuelo y manantiales lo que hace que esa zona aparezca verde y arbolada.
19 kilómetros son pocos, pero en esa terracería, que por momentos estaba muy pedregosa, con cuestas, y a las 2 de la tarde con el sol de La Baja, así, ya no son tan pocos. Pero a esos venimos: a disfrutar del sol, de los caminos, del esfuerzo.
Más adelante me encontré a Jesús (tenemos dos Jesuses en el grupo) y rodamos un rato juntos, conversando sobre nuestras vidas.
Al avanzar encontramos dos charcos que atravesaban el camino, ahí nos alcanzaron otros tres compañeros. Algunos los cruzaron rodando mojandose los zapatos. Yo preferí ponerme las chanclas y pasar caminando.
Los últimos kilómetros para llegar al balneario son un espectáculo imponente, las altas montañas rocosas y secas, su vista me provoca esa sensación que el filósofo Kant llama sublime.
Al fin llegamos, yo acostumbrado a los hermosos balnearios de Morelos, veo este medio rascuacho, pero me digo para mis adentros, para que valores lo que tienes. Además me dispongo a disfrutar lo que hay.
Monto mi casa, son las 5 de la tarde. Después me voy a lavar mi ropa, en una cubeta, pues no hay lavaderos. Después de lavar me meto al las albercas, son de aguas termales y sí bien caliente, en una de ellas podrías, muy bien, pelar un pollo.
Al salir de la alberca me doy un regaderaso en la única destartalada regadera que funciona y me voy a tender la ropa.
Luego fui a una tiendita que está cerca y compré: agua, una soda (acuérdense que ando en el norte) seis huevos y tortillas de harina.
Al regresar estuve conversando con Hetzel yas tarde, instalé mi estufita, por primera vez, y preparé unos burritos de huevo, me quedaron muy bien, deliciosos. De postre, un dulce de leche que compré en Ensenada.
Ordené y metí en las alforjas y en la casa de campaña todas las cosas, pues sino amanecen mojadas por el sereno.
Me fui a dormir temprano.
No tenemos internet y ya no me dió tiempo de avisar, espero no se preocupen demasiado por mi desconexión.
Y aquí me tiene escribiendo esta reseña a las 5 de la mañana en medio de la sierra de La Baja. Lavando mi ropa, cocinando mis alimentos y sin las «benditas redes sociales».
P.D.
Hoy, no supe dónde, perdí mis lentes y mi pañuelo libanés. Ambos regalos, los primeros de mi amigo Cuau y el segundo de mi hermano Jesús. Los lentes ya los repuse, pero el pañuelo no será tan fácil.
Enseñanza: «Ponte atento, no pierdas la concentración»