viernes, 12 de febrero de 2021

¿Qué te ha gustado más del Estado de Morelos?

¿Qué te ha gustado más del Estado de Morelos?

 


Recién me hicieron esta pregunta, me la han hecho en otras momentos. En ocasiones doy una respuesta rápida para no parecer descortés o estirado.

Cuando me hacen la pregunta, empiezo a recorrer mentalmente los cientos de lugares que he visitado en el Estado de Morelos, lo primero que me viene a la mente son los más recientes lugares que he visitado: La Reserva de Las Estacas, La Laguna del Rodeo, Tetecala, los ubérrimos alrededores de Coatlán del Río, el limpísimo y bucólico pueblo de Cuautlita, el histórico Tlaltizapán y sus fértiles contornos. Mi mente va saltando de uno a otro haciendo las comparaciones, cuando estoy por decantarme por un lugar, recuerdo otro, o siento que si decido por ese en particular estaré siendo injusto con tal otro.






Mientras estoy en esas, vienen a mi mente otros  lugares que ya tiene más tiempo que he visitado: Las extraordinarias pirámides de Chimalacatlán, construidas con la técnica de Machu Picchu, La cascada de El Salto o el paraje La Virgen en los  bosques de las faldas del Popo  en Tetela del Volcán, las solitarias y límpidas lagunas de la Reserva de la biosfera de la Sierra de Huautla, La Ex Hacienda de San Jacinto Ixtoluca con sus fabulosos amates devorando con sus raíces las bardas de su centenario casco,  y lugares tan sencillos como el manantial perdido en la mitad de una calle en una colonia popular de Cuautla.






Cuando creo que ya casi tengo la respuesta, acuden a mi mente otros sitios y me atraen con sus motivos, doy vueltas y vueltas mentalmente por los lugares, evocando sus vistas, sus sonidos, sus olores, su gente, su comida, su fauna, vegetación su clima. Al fin me decido por uno para satisfacer la pregunta de mi interlocutor: La Presa de San José de Pala, Morelos, en la Reserva de la Biosfera de la Sierra de Huautla es el lugar que más me ha gustado. 



En mi interior lo que realmente pienso, es que, la mayoría de los sitios que he visitado podría ser el más me gustara.  Pero si yo contestara directamente: --Hay muchos que podrían ser el que más me gusta. Sonaría grosero y descortés.

Gracias por preguntar.  

 


EL REGRESO

EL REGRESO
Me dormí ya tarde la noche anterior, embelesado con la vista de la laguna y el reflejo de las luces de las casas. 

A las 5 de la mañana escuché provenientes de la laguna unos fuertes chapaleos y golpes sordos de choques de madera, recordé que me dijeron, un día anterior los lugareños, que esos sonidos los producen los pescadores para arrear a los peces hacia sus redes.

Aproveché para ya quedarme despierto y empezar a preparar las cosas para salir bien tempranito esa jornada.

Me puse a leer y en cuanto empezó a clarear me salí de la casa de campaña para tomar fotos: las tenues luces al otro lado de la laguna, el espejo de agua de plata, las lanchas a la orilla, las casas de campaña.

Con las primeras luces de sol me puse a levantar el campamento y montar todo en la bici, cuando estuvo todo listo me fui a despedir de Don Mario el dueño de la palapa, al despedirnos me dijo que su lugar se llama Cangrejito Playero, nos tomamos el autorretrato de ley, y partí. 
Me fui por el lado contrario al que entré, siempre que se puede, escojo caminos diferentes para llegar a un lugar, así que me fui bordeando la Laguna de Coatetelco hasta que llegué al pueblo del mismo nombre.  Ese tramo es muy bonito. Iba pensando que aquí en Coatetelco tenemos nuestra <<Costera>>. Por ahí, a medio camino, tome las fotos obligadas de un monumento de un pez tilapia o mojarra como aquí se conocen y que son abundantes en la laguna. 

Crucé el pueblo iluminado con esa luz mágica dorada del sol del amanecer, tomé la carretera a Coatlán del Rio, y fueron desfilando las vistas de: los campos cañeros en barbecho, una bien pintada iglesia en la parte superior de un gran cerro, una ex hacienda de poético nombre "Santa Cruz Vista Alegre".

Entrando a Tetecala veo un sugestivo letrero que dice, "barbacoa de chivo".  Para eso traigo los frenos, me detengo y me zumbo: tres de costilla, uno de panza, un consomé y una coca, pero no fría... ¡helada! Mientras saboreo esas delicias, Pancho y su esposa, dueños del changarro, me preguntan, de dónde vengo, les contesto que de Cuautla, y me hacen asegurarles que no tomé un camión, pues les parece que está lejísimos para venir en bicicleta. Me preguntan más y les cuento como es rodar por los desiertos de la Baja California, les platico del recorrido atravesando todo México con La Ruta Chichimeca. Pancho me sugiere que, al regresar de Coatlán, me vaya por los rumbos de Cuautlita y Cuauchichinola, tomo nota y me despido. 

El camino de entrada a Coatlán del Río está bordeado de campos de flores, muchos apantles, huertas de mango, mamey, chicozapotes, muchas palmeras. Entrando al pueblo me paré en una frutería y compré un enorme mamey y un puño de chicozapotes. Tito, el dueño del negocio, me regaló agua para llenar mis ánforas. Me fui al centro de Coatlán, ahí, frente al zócalo, sentado en una banqueta me comí el mamey. Por unos momentos pensé ir a conocer una represa que sabía está cerca del pueblo, pero, decidí ya no ir, pensando en que no se me hiciera noche de regreso. 

Al pasar por Tetecala, me detuve a tomarle unas fotos a unas artesanías de madera qué talla un artesano de nombre Chalo, estuve platicando con él, me contó  y me mostró orgulloso todas las figuras que hace y me dijo  que puede hacer cualquier objeto sobre pedido, incluso letreros para casa.

El camino hacia Cuautlita fue, tal como me lo había anticipado Pancho, muy bonito, un camino vecinal prácticamente sin paso de vehículos, flanqueado por campos de cultivo, huertas, hermosos árboles, mangos sagrados y muchos, muchos arroyos y apantles con agua en abundancia. Cuautlita es pequeño, limpio y bien cuidado. Visite la iglesia del pueblo que tiene en su atrio tres enormes y centenarios arboles de ceiba.  

Al salir de Cuautlita, cambió el clima y la vegetación, pues en la subida a las lomas ya no hay agua y el terreno es un tanto pedregoso, así fue hasta llegar a Cuauchichinola, Morelos, uno de los pocos pueblos que me faltaba visitar en bici, atractivo, además, para mí, por su nombre. Ahí me detuve bajo la sombra de un guamúchil a comerme unos chicozapotes y a beber agua. En una tiendita pedí agua para rellenar mis ánforas, y vámonos, el sol ya caía a plomo y el termómetro marcaba 36 C. X

               <<¡Houston tenemos problemas!>> A los pocos kilómetros de salir de Cuauchichinola se me ponchó la llanta trasera. Me arrimé a la sombra de un árbol en el borde de la carretera y empecé el ritual de cambiar una llanta cuando llevas carga:  de la parrilla trasera quité las cintas elásticas y quite la banderola, la bolsa de dormir, la casa de campaña, la estera plegable y la pequeña maleta donde llevo la ropa y enseres varios. Del frente de la bicicleta desenganché la bolsa del manubrio (vine con broche exprofeso) y quite del marco las dos ánforas de agua, todo lo anterior para poder poner la bicicleta ruedas para arriba y quitar y arreglar la llanta con comodidad. Cambiar la cámara fue rápido, llevo dos de refacción. Ya con la llanta instalada e inflada, ahora a montar de regreso todo lo que les relaté. 

Avancé unos 2 km, de repente empecé a sentir rara la llanta trasera, pensé que era solamente mi imaginación, pero no, al pararme y revisar la llanta trasera, estaba nuevamente ponchada. Calma, calma, calma, pensé únicamente echarle aire para avanzar hacia una gasolinera pues no estaba completamente baja, pero calculé que la gasolinera estaba todavía lejos y que más adelante iba a ser más difícil encontrar una sombrita, ahí donde estaba había una, aunque no era muy buena, así que me detuve nuevamente, volví a bajar todas las cosas, cambié otra vez la cámara, volví a subir todas las cosas, y vámonos nuevamente.

Ahí, ya iba yo cerca de Puente de Ixtla, y le empecé a hablar a la bicicleta: -- vamos bonita aguanta, ya no te ponches. Había revisado las dos veces muy bien la llanta y estaba seguro de que no había problema con la llanta, simplemente había tocado la mala suerte de encontrarme dos objetos muy filosos en un muy corto espacio.

Así que, ahora, si se me ponchaba nuevamente, tendría que hacer todo lo anterior y además, parchar una cámara. 

Ya eran las 2:30 de la tarde, y la temperatura rondaba  los 36 grados, empecé a calcular que nuevamente llegaría de noche Cuautla, miré el mapa para ver cuál era la mejor ruta a seguir, vi qué tal vez podría tomar un tramo de la Autopista Siglo XXI, eso no se puede hacer en auto, pero, en bici sí, sólo que habría que subir un terraplén, posiblemente caminando, para conectarme con la autopista. Decidí intentar eso y continué pedaleando.

 

Recorrí un tramo de la carretera federal de Puente de Ixtla a Cuernavaca, es un tramo muy transitado y es necesario ir muy atento a los vehículos, por lo tanto, uno va muy atento y tenso. Por fin llegué al entronque que da acceso a los caminos vecinales que conducen a Zacatepec, ahí casi no hay tráfico y el campo a los costados es muy bonito, lleno de campos de cultivo, caña, maíz, flores, arboles. Son caminos que conozco muy bien y que he recorrido muchas veces, por lo tanto, voy reconociendo: ya llegué a este árbol, ya llegaste a la tienda, allá esta tal curva, ahí está ese rancho.
 Pasé a un lado del lago de Tequesquitengo, ahí paré a comprar un refresco y unos Doritos, para no estar en contacto con mucha gente en la tienda, avancé dos cuadras más, y en la banqueta, bajo la sombra de un mango sagrado, me senté a disfrutar del refresco y de la vista de los autos, camiones y la gente que pasaba por ahí. También me di cuenta de que los chicos zapotes ya venían un poco mallugados y estaban súper maduros, pensé que a la mejor se echarían a perder, así que decidí comérmelos, estaban deliciosos.

Pasé por Zacatepec ya sin detenerme, y antes de llegar a Tlaltizapán, ahora sí, me fui fijando muy bien y con cuidado para detenerme en el Balneario Agua Dulce.  Entré y ahí, en una hamaca, estaba mi estimado amigo y compañero, el profe Chano, nos saludamos con mucho gusto. Me dio mucha agua de sandía, estuvimos conversando sentados en las hamacas. Me comentó que se me haría noche para llegar y me ofreció quedarme ahí, cosa que me habría gustado mucho hacer. pero le contesté que tenía trabajo por la mañana el lunes, así que en contra de mis deseos me despedí.

 

Crucé Tizapán con la última luz del día, iba buscando el entronque de la Autopista Siglo XXI, sabía que tendría que ser un puente que pasará por encima de la carretera vecinal por donde yo circulaba. Por fin lo vi, me detuve y estudié cómo subir, resulta que había un camino de terracería, que me imagino usaron para subir o bajar material, subí rodando por ahí, y ya sólo tuve que cargar la bicicleta para pasar una valla de contención que no era muy alta. 

 

Al entrar a la Autopista Siglo XXI cayó la noche, así que prendí mi luz frontal y las luces traseras de la bicicleta y de mi casco, y empecé a pedalear rodando por el amplio acotamiento de la autopista, había que rodar 10 kilómetros por ahí para encontrar la desviación en Comacalco y entroncar nuevamente a una carretera vecinal que va de Chinameca a Cuautla, la autopista por supuesto, está muy bien señalizada, así que fui contando los kilómetros por los letreros al costado del camino, además recordaba que en ese punto hay una caseta, así fue, en el kilómetro 10 vi la caseta, ahí me salí de la autopista y rodé unos 800 metros por un camino de terracería que me conecto a la carretera Chinameca - Cuautla.

Ya sólo me faltaban 20 kilómetros, ese tramo es aún más conocido para mí, lo que me facilitó mucho el recorrido, pues sabía con precisión. donde está una subida, donde está una bajada, donde estaba una curva.  Además, las subidas, a esas horas de la noche, eran mucho más fáciles, pues por las mañanas el sol y el calor agotan más rápido, aun así, en ese punto llevaba ya casi 100 kilómetros pedaleados, y la fatiga se dejaba sentir, pero yo me iba mentalizando: no diré que estoy cansado, sólo un poco cansado. Y lo que hacía cuando el cansancio arreciaba, era bajar un poco el ritmo y tomar unos sorbos de la deliciosa agua de sandía que me había regalado mi amigo Chano ¡Ah como le agradecí esa agua!

En Moyotepec puedo decir que ya llevaba la mitad del último tramo, hice  un descubrimiento muy agradable,  resulta que desde ahí todo está alumbrado, a esos tramos les han puesto alumbrado público, así se rueda más a gusto, pues vas viendo gente, negocios, las casas y eso te distrae. Por fin llegué a la Villa de Ayala a la cual AMLO le hizo justicia y arreglaron las calles y el centro muy bien.  En otras ocasiones siempre me detengo ahí y me tomo un atole y me como unos tamales, pero ahora no, ya quería llegar, así que pase también Anenecuilco, que arreglaron muy bonito, sin pararme a tomarle fotos al Zócalo ni a Zapata, repito, ¡Ya quería llegar! Por fin avisté la entrada de Cuautla, sobre la marcha tome una foto, y después sobre la avenida principal que da entrada a la calle que va hacia mi colonia tome otra foto para dar testimonio de la llegada.

Llegué a mi casa a las 9:30 de la noche me di un buen baño de agua fría y cené con mucha hambre tres tlacoyos de frijoles con una jarra de agua de limón, y a dormir.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Tercera jornada Ensenada - Rancho San Carlos

Dormimos muy bien, algunos despertamos muy temprano.
Yo fui a caminar a la playa, en ella había surfistas y un grupo de señoras haciendo zumba en la playa. A lo lejos, para completar el espectáculo, cruzaban algunos barcos.

Recogimos el campamento, yo desayuné una avena con que preparé con una poca de agua caliente que me regaló un compañero, pues no he comprado el botecito de gas para mí estufita portátil.

Nos despedimos del «CaraEMango» nuestro anfitrión en la Surf House. Nos tomamos una foto con un vendedor de mariscos nos pidió para promocionar su puesto de carrito. 

Luego fuimos al taller de bicicletas para hacer los últimos ajustes de los detalles que salieron estos días, pues de aquí en adelante será bastante difícil, sino que imposible, encontrar talleres y refacciones. A mí sólo me calibraron los cambios que seguramente se desajustaron con el ajetreo del avión. 

Después del taller nos fuimos a la vuelta a un carrito de la esquina a comer los famosísimos tacos de pescado. Son deliciosos, esquisitos, solo me comí tres, pues ando cuidando mi estómago.

Ahí les avisé que iría a comprar el botecito de gas para mí estufita y me fui en mi bici a cuatro cuadras a comprarlo, había cola y me tarde un poco, cuando regresé ya no estaban. Sin problema, por mensajes me indicaron el luentobde destino, y como el grupo andaba diseminado haciendo compras y otros preparativos, decidí enfilarme hacia el puento de destino, crucé la ciudad, primero por una bella y comida ciclovía y después sobre la avenida que conforma la carretera número uno, donde el tráfico era muy pesado y había que ir muy atento. 

Unos 20 kilómetros adelanté, me desvíe hacia la izquierda por un camino de terracería por el cual había que recorrer 19 kilómetros para llegar al Rancho San Carlos.

Al único del camino había campos de cultivo y vi que cargaban una camioneta de rábanos. Más adelante había minas de graba y el panorama cambiaba a montañas rocosas, secas y con apenas atisbos de vegetación. En algunos lugares las rocosas y secas montañas a los lados del camino hacían contraste pues enmedio de la cañada por dónde corre el camino que iba yo recorriendo hay un riachuelo y manantiales lo que hace que esa zona aparezca verde y arbolada. 

19 kilómetros son pocos, pero en esa terracería, que por momentos estaba muy pedregosa, con cuestas, y a las 2 de la tarde con el sol de La Baja, así, ya no son tan pocos. Pero a esos venimos: a disfrutar del sol, de los caminos, del esfuerzo. 

Más adelante me encontré a Jesús (tenemos dos Jesuses en el grupo) y rodamos un rato juntos, conversando sobre nuestras vidas.

Al avanzar encontramos dos charcos que atravesaban el camino, ahí nos alcanzaron otros tres compañeros. Algunos los cruzaron rodando mojandose los zapatos. Yo preferí ponerme las chanclas y pasar caminando.

Los últimos kilómetros para llegar al balneario son un espectáculo imponente, las altas montañas rocosas y secas, su vista me provoca esa sensación que el filósofo Kant llama sublime. 

Al fin llegamos, yo acostumbrado a los hermosos balnearios de Morelos, veo este medio rascuacho, pero me digo para mis adentros, para que valores lo que tienes. Además me dispongo a disfrutar lo que hay. 

Monto mi casa, son las 5 de la tarde. Después me voy a lavar mi ropa, en una cubeta, pues no hay lavaderos. Después de lavar me meto al las albercas, son de aguas termales y sí bien caliente, en una de ellas podrías, muy bien, pelar un pollo. 

Al salir de la alberca me doy un regaderaso en la única destartalada regadera que funciona y me voy a tender la ropa. 

Luego fui a una tiendita que está cerca y compré: agua, una soda (acuérdense que ando en el norte) seis huevos y tortillas de harina.

Al regresar estuve conversando con Hetzel yas tarde, instalé mi estufita, por primera vez, y preparé unos burritos de huevo, me quedaron muy bien, deliciosos. De postre, un dulce de leche que compré en Ensenada. 
Ordené y metí en las alforjas y en la casa de campaña todas las cosas, pues sino amanecen mojadas por el sereno. 

Me fui a dormir temprano.

No tenemos internet y ya no me dió tiempo de avisar, espero no se preocupen demasiado por mi desconexión. 

Y aquí me tiene escribiendo esta reseña a las 5 de la mañana en medio de la sierra de La Baja. Lavando mi ropa, cocinando mis alimentos y sin las «benditas redes sociales».

P.D.
Hoy, no supe dónde, perdí mis lentes y mi pañuelo libanés. Ambos regalos, los primeros de mi amigo Cuau y el segundo de mi hermano Jesús. Los lentes ya los repuse, pero el pañuelo no será tan fácil. 
Enseñanza: «Ponte atento, no pierdas la concentración»

lunes, 3 de agosto de 2020

Segunda jornada: Popotla - Ensenada

La salida estaba planeada las 6 de la mañana, pero imagínense ¡pernoctamos en una fábrica de cerveza artesanal! así que al final salimos a las 8 de la mañana.
Ya somos un contingente de 22 ciclistas.
Es todo un espectáculo vernos rodar por la carretera escénica, las personas al vernos con las alforjas nos preguntan a dónde van, cuando los decimos que vamos a Chetumal,hacen una enorme cara de asombro y nos desean parabienes, otras personas nos pitan desde los carros, pero no para que nos quitemos, sino para saludarnos, los niños nos dicen adiós. «Hasta los perros nos respetan» (eso sería bueno.)
El día amaneció brumoso y bastante fresco ideal para rodar pero nos quitaba las vistas del océano que siempre, siempre nos escoltó a la derecha.

Estos lugares son tan bonitos que hasta el diablo tiene una casa aquí, está a un costado de la carretera y por supuesto la visitamos.

¿Sabías que las carreteras de México están numeradas? Pues nosotros rodamos hoy por la número uno, esta es la carretera 1.
Es una carretera muy bonita muy visitada, vimos grupos de motociclistas, y muchos, muchos ciclistas. La carretera se encuentra en magnífico estado muy, muy bien conservada, así que vimos muchos grupos de ciclistas de ruta.

Nos esperaba el reto del día, la subida del tigre, una subida continua de 19 kilómetros que requería un muy buen estado físico. Como premio, las vistas, las maravillosas extraordinarias, y fantásticas vistas que me hicieron llorar a medio camino de alegría, de satisfacción, de gozo.
Somos un grupo de 22, pero no vamos rodando de manera compacta, rodamos por grupos de dos, de tres. Según el ritmo que quiera tener cada quien, algunos rodamos solos, a mí me gusta hacerlo a veces con un grupo y a veces solo. Pero siempre vamos pendientes del grupo y nos apoyamos en todo. 

Esta es una zona de viñedos y tradicionalmente se hace una visita a uno de ellos. Pero ya saben el viejo cuento, la contingencia, así que nos conformamos con detenernos a la orilla de uno de ellos tomar fotos y comer fruta.

Una vez superada la subida del tigre, todo fue coser y cantar pues desde lo alto de la sierra nos descolgamos velozmente hacia la ciudad de Ensenada, pura bajadita.

Así tuvimos a la vista la ciudad de Ensenada, muy bonita, lo primero que me agradó fue que el camino de acceso tiene unos muy anchos, anchos acotamientos, lo que permite rodar con seguridad y comodidad.

También ya dentro de la ciudad tienen ciclovías junto a la playa las que disfrutamos muchísimo rodando.

Nos aglutinamos en el mero centro de Ensenada, por dónde está el asta bandera, una vez todos juntos nos dirigimos al lugar donde pernoctariamos, un lugar junto a la playa, en ese lugar el profesor mata nos obsequio con un delicioso y abundante ceviche, me comí seis tostadas.

Después de montar mi casa de campaña y comer, me fui a caminar por la playa, que ya se encuentran abierta y era muy bonito ver a las familias los perros a la gente disfrutando de la playa.
Por la noche, por supuesto que hubo fogata,aunque poco concurrida, pues todo mundo resentía los estragos del día anterior.

Yo me puse a escribir el relato que estaba atrasado y finalmente me fui a dormir.


¡A canijo llorón!

Difícilmente lloro, mi hija Judith, me dijo un día que nunca me había visto llorar.

 Y no es que me haga el fuerte, pero así ha sido desde hace muchos años. En los últimos diez años, seguramente no he llorado ni diez veces. 
La historia es que hoy que rodamos los setenta y cinco kilómetros de Popotlan a Ensenada al ir viendo todos los fantásticos paisajes, al llegar a una zona que tiene unas altas peñas, salpicadas de unas plantas del tipo de las suculentas, de pronto sentí un nudo en la garganta, de alegria, de felicidad, de plenitud, y empecé a llorar, lloré y lloré por un buen tramo, mientras seguía disfrutando las vistas, el viento, el sol en mi rostro, los músculos llenos de sangre en mis piernas, y mis pulmones jalando el aire a todo fuelle. ¡Que viaje!

domingo, 2 de agosto de 2020

Primera Jornada: Tijuana - Popotlan

Desperté a las 6 de la mañana pero me levanté a las 7 pues el día anterior me dormí a las 2 de la mañana por estar, primero platicando con Miguel y Ana y después terminado de ordenar y empacar las cosas que llevaría.

Al levantarme tenía ya todo preparado, desayuné plátano con manzana. Nos despedimos con mucho sentimiento. 
Ramiro me llevó en el auto hasta el punto de salida que tuvo que ser cambiado por la contingencia.

Al llegar a la casa donde llegaron todos, el ánimo estaba al tope, saludé con gusto a varios Chichimecas que conocí en años pasados cuando pasaban por Cuautla. Otros más venían por vez primera. Oaxaca, Zacatecas, Puebla, CDMX, Estado de México, Guerrero, Morelos tenía tres representantes.

La salida estaba planeada a las 10 de la mañana, pero había ciclistas que ese día llegaron en avión y los esperamos. Salimos a las 12 de la mañana con el sol a tope. Algunos compañeros bse quejaban del calor, yo no lo sentí tanto.
Salimos de la ciudad y nos despidió con murales.
Los compañeros escogieron un camino de terracería que pasa al lado de una laguna. Ahí mi llanta se ponchó, sin problemas, cambié la cámara y vámonos. Pasamos por una laguna que a ellos les gustó mucho, yo pensaba: es que no conocen las se la Sierra de Huautla.
Todos íbamos muy contentos y efusivos. 
Este tipo de recorridos no son una carrera, se rueda al ritmo que cada quien quiere, nos paramos dónde queremos, desde comprar una paleta, sacar una foto o ir al baño.

Así que después de pasar por la presa y avanzaron unos 10 kilómetro por la carretera nos detuvimos al borde de la carretera a refrescarnos con unas deliciosas nieves. Ya el calor apretaba y quiera uno quedarse ahí y acabarse un bote.

Retomamos el camino ya con el sol a plenitud. Muchos iban conociendo sus bicicleta y rodando por por primera vez con alforjas, lo que es muy diferente a rodar sin peso.
llegamos a comer al poblado de Popotlan que se encuentra la orilla del mar, las playas están cerradas, pero todos los pequeños restaurantes que se encontraban en la playa, se movieron a la parte superior, al estacionamiento, y ahí comimos unos deliciosos tacos de camarón, los más deliciosos tacos que he probado.

Barriga llena corazón contento ya descansados, comidos y refrescados, le dimos el último jalón  para llegar al lugar donde pernoctariamos, la casa de una persona que fabrica cerveza artesanal, ahi acampamos y los bebedores de cerveza fueron felices esa noche.


sábado, 1 de agosto de 2020

Las golondrinas en Tijuana

Las golondrinas en Tijuana
Hoy es el último día de paseo por Tijuana. 
Mañana iniciamos La Ruta Chichimeca.

Seguimos sin agua en la casa de Miguel. Me fui a rodando a Playas de Tijuana, el recorrido es de ensueño, es una carretera de doble carril

que en 15 kilómetros pasa por todos los estratos sociales y económicos que componen la ciudad, desde las precarias chozas colgadas de los cerros  
hasta las residencias en la orilla de la playa, pasando por todos los estratos intermedios.

Ahora sí me fui deteniendo a tomar todas las vistas que me parecían interesantes.

Encontré una biblioteca cubierta en los cuatro costados de su exterior por bellísimos y originales murales. 
 Sobre la Avenida de Las Playas encontré el que me parece representa una situación que desafortunadamente prevalece en el país.

La zona turística principal sigue cerrada. Pero alejándose de ahí unos dos kilómetros,  se puede acceder a la playa, cosa que hice.

Había quedado con Miguel de regresar pronto para ir a bañarnos a casa de su hijo. Así que emprendí mi regreso. De regreso es subida, pedalee a ritmo suave para estar bien mañana que inicia La Chichimeca.

Pasé por un túnel largo, más subidas y yo cuidando de no forzarme y de repente, me doy cuenta que ya había llegado. 

Entre en la casa, tomé mis artículos de baño y emprendimos la procesión al baño del hijo de Miguel... (Continuara)