A los tres meses de la fractura.
"Dolió la caída dolió la fractura, pero es no rodar lo que me tortura"
Mal acostumbrado a escribir relatos de largas rodadas, de los bosques, de los pueblos, de la flores, de las comidas, de las enormes peñas, de los arroyos, de remotas villas. Ahora me preguntaba de qué escribir, ni modo que escriba de mi fractura y rehabilitación. Al final pensé: ¿y porqué no?
En días pasados me topé en la red con el relato de un viaje en bicicleta escrito por Rodrigo, alias Bicibus infinito, un poeta ciclista que tuve la fortuna de conocer en un acompañamiento que por dos días rodando hicimos a la Ruta Chichimeca, esa que recorre en bici todo México de norte a sur.
En fin, me topé con el relato de su viaje, http://zufridora.blogspot.mx/?m=1
es un relato largo, me lo leí casi de un tirón. Ahí entendí el valor de el relato de un viaje: permite que alguien que no puede viajar disfrute de una experiencia, enseña, divierte, hace reflexionar, da ideas, consuela, humaniza.
Leí el relato con sentimientos encontrados, por un lado: alegría, entusiasmo, curiosidad y sorpresa. Por otro lado, sintiendo tristeza, nostalgia y frustración por no poder rodar en estos días y a la mejor unos meses más.
Además de la experiencia en sí de recorrer mi mundo en bici, disfruto mucho de tomar fotos y también de escribir y compartir el relato de los recorridos. En ocasiones luchando contra la pereza de escribír, pues no he logrado desarrollar un hábito escritor como me gustaría tenerlo.
El caso es que la lectura de el relato de Rodrigo me despertó el deseo de escribir sobre un viaje, pero cuál viaje, si hace día semanas que hice la prueba de montarme en la bici, la mano se me inflamó y sentí bastante dolor, y eso que solo recorrí 10 kms, siendo que a finales del año pasado antes de fracturarme la muñeca rodaba 100 kilómetros con facilidad. Así que sobre qué viaje iba a escribir.
Y de repente la idea cruzó por mi cabeza: la lesión es un viaje. Claro, uno que nadie quiere, pero como dice mi padrino Arturo Carillo, "El gato", es parte del paquete.
Ya había pensado, y de hecho había empezado a escribir sobre mi lesión. Pero un poco por pereza de la que ya me confesé y un mucho porque pensé que quién leyera el relato podría pensar que yo me estaba conmiserando con el deseo de despertar lastima, deje el escrito inconcluso y ya no lo publiqué.
Los relatos de un viaje se sugiere que se hagan inmediatamente, pues el tiempo borra los recuerdos, o cuando menos los oculta. Así que conforme pasaban los dias, empezaba a pensar: ahora menos podré escribir el relato, porque ya se perdieron muchos detalles.
Ahora me digo: y qué, que importa que se pierdan, escribe lo que recuerdes, ¡Escribe tu viaje!
Ahora, como los relatos se vale hacerlos retrocediendo en el tiempo, hoy voy a narrar mi última sesión de rehabilitación.
Después de dos meses de brazo enyesado, me fui a rehabilitación dos veces por semana a las dos de la tarde, mi compañera ciclista Andrea me recomendó una terapeuta y como además está a cuatro cuadras de mi casa esa fue la que elegí.
Después de que me quitaron el yeso, la verdad me preocupe bastante, pues mi mano además de lucir muy inflamada, la sentía mucho muy adolorida y ¡la muñeca casi sin movimiento! A mí mente vino la pregunta ¿Así cómo voy a poder rodar? Sí ni siquiera podía apoyar mi mano sobre la mesa sin sentir un fuerte dolor.
El médico, la terapeuta, y algunos amigos y pacientes con lesiones similares me decían que sí, que sí recuperaría mi movimiento y que el dolor pasaría, pero la verdad no podía creerles por completo. La realidad es que si he mejorado, ya hago todo lo cotidiano como sostener un libro, escribír en el teclado, lavarme la cabeza, abrocharne la camisa, amarrarme las agujetas, ¡ponerme los calzones!, bajarme el cierre para hacer pipí, subirme los pantalones, cosas todas que no podía hacer cuando me quitaron el yeso. Pero falta lo mero principal, la fuerza y la resistencia para poder apoyarme en el manubrio de una bicicleta. Para eso todavía falta, tengo la ilusión y haré todo lo que esté de mi parte para poder intentar rodar 30 kms el próximo día del niño.
Entonces el lunes pasado a las dos de la tarde me presenté puntual con Bárbara a mi séptima sesión de terapia física, Barbara es joven, bonita y morenita, es licenciada en terapia física. Me recibe como siempre muy amable, me pregunta como siempre, qué como me he sentido y que, qué avances veo. Yo quisiera decirle que he visto grandes avances, pero esto de la recuperación se me imagina como cuando te le quedas viendo a un reloj de pared y te pones atento a la manecilla que marca la hora para ver si se mueve, y nunca se ve que se mueva, pero sí se mueve, pues si la dejas de ver y regresas a verla más tarde puedes ver con claridad que ya se movió.
Así que yo no siento que mejore entre una sesión y otra, pero le contesto por cortesía y porque sé que es verdad: —Me siento un poco mejor, muevo un poco más la mano y tengo menos dolor.
Después me siento y pongo mi brazo sobre una mesa y me pone una compresa bastante caliente cubierta con una toalla alrededor de mi muñeca y mi mano para que se pongan un poco elásticos los músculos y tendones lastimado por la lesión, además, al mismo tiempo me pone unos electrodos que son unas pequeñas almohadillas para dar electroterapia, toques pues. Los toques los va regulado y te pregunta hasta que potencia los quieres, cada vez que le sube un paso el aparatito da un pitido y yo le dejo que le suba hasta que el chunche deja de pitar. Ella me dice — Es todo. Yo le digo — Sí, así está bien.
Estos son días de calor, treinta grados centígrados, más la compresa caliente, ya estoy sudando la gota gorda. Pero solo son díez minutos de calor y toques. El aparato da un pitido largo y Bárbara dice —Listo.
Ahora me dice que mueva mi mano sin mover el brazo, de arriba hacia abajo diez repeticiones, después hacia los lados, ahora abrir los dedos, voltear la palma completa hacia abajo, ahora hacia arriba, todo diez repeticiones.
Ahora viene lo bueno. Me dice —Ahora lo voy a movilizar yo.
Y me hace manita de puerco, hacia arriba, hacia abajo, a la derecha, a la izquierda, todo diez repeticiones. Hasta donde ella calcula, me imagino, que por mis gestos y quejidos, que aguanto.
Después viene la cereza del pastel, los dedos, uno por uno. Los dedos después del yeso quedan extendidos, no cierran y el sistema es forzarlos a que cierren para que puedas formar un puño con la mano. Pero mis dedos apenas llegan a la mitad del movimiento, así que hay que forzarlos para que cierren más. De eso se encarga la bella Bárbara. Diez forzamientos por cada dedo. Conforme avanza el número de flexiones el dolor es más intenso, ahí si sudo la gota gorda, pero ya no es por el calor es por el dolor. Cuando ya va por el tercer dedo y la séptima repeticion, me da risa cuando me hago consciente de todos los gestos, pujidos y bufidos que doy. Cuando llega al meñique, pienso, ¿y si pienso que puedo disfrutar el dolor como los masoquistas? Y lo intento, y funciona, siento el dolor y pienso, me gusta, quiero sentirlo lo disfruto, y sí, lo disfruté un poco, o cuando menos me pareció que no sufrí tanto.
Al final me dice sonriendo — Es todo.
Le pago por la tortura de una hora y le digo que nos vemos el próximo jueves.
P.D. Poner un versito en la introducción se lo fusilé a Rodrigo.
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