miércoles, 29 de julio de 2020

Rolando por Tijuana

28 julio del 2020

Rolando por Tijuana

Hoy tenía dos opciones ir a rodar al cerro colorado o rodar por le centro, para explorarlo.

Mientras desayunaba manzana con plátano y jugo de naranja, le llamé a Duván y quedamos de encontrarnos en el centro de Tijuana y aprovechar para hacer algunas compras pendientes, entre ello una bomba de aire para bicicleta que yo requería sustituir. 

Terminé de desayunar y me equipé para salir: casco, monedero, lentes para el sol, luz trasera, luz delantera, guantes, dos pañoletas, culona, jersey, la bolsita de herramientas y parches, celular, una cámara de repuesto zapatos con calas, calcetas, mallas , chaleco,sudadera (hacia frio), reflejantes en los tobillos, mochila, ánforas de agua. Ana la esposa de mi amigo se sorprendió de tantos preparativos, le expliqué que así era el ciclismo.

Salí hacia mi destino, las calles son anchas y con bastante tráfico. Me di cuenta inmediatamente que los automovilistas no tienen, como que mucho respeto por los cilcistas, te avientan la lámina, pasan muy junto a ti y en las bocacalles se atraviesan aunque tú lleves la preferencia. Ya no me enojo, entendí las reglas del juego y me alegré de llevar encendidas, en modo parpadeante,  las luces, tanto delanteras como traseras, chaleco naranja fosforescente y cintas amarillas reflejantes en los tobillos. Me puse bien atento y me fui pedaleando con precaución extrema.

Eso no arruinó la satisfacción de estar rodando por primera ves por las calles de Tijuana, que tiene el trazo y el mobiliario urbano de las ciudades gringas, por momentos podrías pensar que estás rodado en Los Angeles. Pero los negocios a los costados de tacos y burritos, te recuerdas que estás todavía en suelo azteca. 

En cinco minutos ya me sobraba la sudadera, hize un alto, para quitarmela y seguí pedalendo, bajando hacia el centro y disfrutando la ciudad y su movimiento. 

De repente en una esquina escucho un silbatazo y un grito, y ahí estaba Duván y Marco, este último, el anfitrión que recibe en su casa a los ciclistas que llegan a Tijuana a rodar La Chichimeca. 

Quiero abrazarlos, pero ya saben los tiempos, así que nos conformamos con chocar los puños.  Comentamos las últimas vivencias de esos días, entre muchas bromas y risas. De ahí vamos a comparar mi bomba. 

Después rodamos entre las calles del centro y yo quisiera pararme cada diez metros a tomar fotos, pero Marco, sin ir rápido, avanza fluido.  Yo voy tomando algunas fotos procurando no retrasar el recorrido. 

Duván quiere ir a la linea (el puente fronterizo de San Isidro) y hacia allá nos dirigimos, al llegar había filas de carros a pesar de la pandemia, pero a pie muy poca gente cruzaba. 

Le dije a Dubán que fuéramos con las bicis hasta las casetas de revisión de los gringos para tomarle una foto a mi bici viajera y tener la prueba que había rodado hasta ahí, así lo hicimos, tomamos las fotos que yo quería. 
De pronto se aparecen dos agentes de seguridad y uno de ellos, nos grita: —¿qué están haciendo aquí?
Yo — Tomando fotos.
Él sigue gritando —No pueden tomar fotos aquí.
Yo —Ya las tomamos, y no nos grites.
—Se tiene que ir de aquí
—Ya nos vamos, pero no tienes porque gritar.
Para ese momento ya eran  tres agentes y un perro (perro de a deveras no otro agente)
Y nos retiramos con nuestras fotos.

Al llegar a casa le comenté a Miguel el asunto y me informó que sí, que ya estábamos en territorio de USA, pues antes hay una línea que marca la frontera y las garitas están ya ¡DENTRO DE USA!
Yo todo el tiempo pensé que estábamos en México. De todas formas no había necesidad de gritar.

Después de esa santoaventura nos fuimos a consolar a los tacos, que aquí les llaman «de variados», que son lo que conocemos en el sur como, tacos de guisados. Me comí un burrito de deshebrada y dos tacos de lengua (para agarrar facilidad de palabra). Comimos muy agusto sentados en el césped del parque.

Luego nos fuimos a la Colonia Libertad a comprar las espirulinas mágicas del parcero, en el camino pasamos por una calle conocida en Tijuana como la rampa que tiene 25⁰ de inclinación y que me platica Miguel que la gente va a probar los autos que va a comprar, si sube el auto, es que está en buen estado. Compró el parcero sus píldoras mágicas y ahí nos despedimos. 

Ellos se fueron a La Mariano Matamoros y yo a Loma bonita. Ahora me tocó de pura subida de regreso. Ya casi para llegar me nortié, y de pronto ya estaba en una colonia media ruda. No quería molestar a mi amigo y me regresé, pero ya no estaba muy seguro donde estaba y  mi teléfono tenía solo 3% de pila y ahí tenía anotada la dirección de la casa. Así que le hable a Miguel y le dije un punto conocido por los dos. Me dijo que ahí nos veíamos.

Pero mientras hablaba y pedaleaba de regreso, voltee a la izquierda y vi los condominios, ya había pasado enfrente y no los ví. Le llamé a Miguel para que ya no viniera por mi. 

Cenamos platicamos mucho y a dormir. 

Hasta mañana.




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